# Last edited on 2026-10-21 02:24:54 by stolfi # Dom Casmurro chapters III-V, Spanish, modern (2008) spelling. # # @chars alpha {ABCDEFGHIJKLMNOPQRSTUVWXYZ} # @chars alpha {ÁÉÍÓÚÑÜ} # @chars alpha {Ã} # @chars alpha {abcdefghijklmnopqrstuvwxyz} # @chars alpha {áéíóúñüªº} # @chars alpha {ãç} # @chars alpha {~^'§} # # @chars symbol {0123456789¦+¤} # # @chars punct {¿?¡!.,:;()«»-} # @chars punct {_÷=} Iba a entrar en la sala de visitas cuando oí pronunciar mi nombre y me escondí detrás de la puerta. La casa era la de la calle de Matacavalos; el mes, el de noviembre; el año es un tanto remoto, pero no cambiaré las fechas de mi vida sólo para agradar a las personas a quienes no les gustan las historias viejas; era el año de 1857. --- D.ª Gloria,¿ persiste usted en la idea de meter a nuestro Bentiño en el seminario? Ya ha pasado el momento e incluso podría surgir un problema. --- ¿ Qué problema? --- Un gran problema. Mi madre quiso saber de qué se trataba. José Dias, después de algunos instantes de concentración, vino a ver si había alguien en el pasillo; no me vio, volvió y, bajando la voz, dijo que el problema estaba en la casa de al lado, en la familia de los Padua. --- ¿ En la familia de los Padua? --- Hace tiempo que se lo estoy queriendo decir, pero no me atrevía. No me parece bonito que nuestro Bentiño ande escondiéndose por los rincones con la hija del Tortuga, y ahí está el problema, porque si les da por enamorarse tendrá usted que luchar mucho para separarlos. --- No lo creo.¿ Escondiéndose por los rincones? --- Es una manera de hablar. Con cuchicheos, siempre juntos. Bentiño casi no sale de allí. La muchacha es una descerebrada, su padre hace como si no viera nada, pero ya le gustaría que las cosas fuesen a parar... Comprendo su actitud, usted no cree en esos cálculos, le parece que todo el mundo tiene un alma cándida... --- Pero, Sr. José Días, he visto a los muchachos jugando y nunca he visto nada que me haga desconfiar. Y menos a esa edad, Bentiño sólo tiene quince años. Capitú cumplió catorce la semana pasada, son dos jovenzuelos. No se olvide de que se han criado juntos, desde la gran inundación, hace diez años, cuando la familia Padua perdió tantas cosas; hasta ahí se remontan nuestras relaciones.¿ Qué voy a pensar...? Cosme, hermano,¿ tú que crees? Mi tío Cosme respondió con un «¡ Yo qué sé!» que, traducido en romance, quería decir: «Son imaginaciones de José Días; los muchachos se divierten, yo me divierto;¿ dónde está el back gamón?» --- Sí, creo que está usted equivocado. --- Puede ser, señora.¡ Ojalá tengan razón!, pero crea que sólo he hablado después de mucho cavilar... --- De cualquier manera, ya va siendo hora, interrumpió mi madre; voy a tratar de meterlo en el seminario cuanto antes. --- Bueno, ya que no ha olvidado la idea de hacerlo cura se ha mantenido lo principal. Bentiño tiene que cumplir los deseos de su madre. Y además, la iglesia brasileña guarda altos destinos para él. No olvidemos que un obispo presidió la Constituyente ni que el padre Feijó gobernó el imperio... --- ¡ Gobernó desastrosamente!, cortó mi tío Cosme, cediendo a antiguos rencores políticos. --- Perdón, doctor, no estoy defendiendo a nadie, estoy citando. Lo que quiero decir es que el clero juega todavía un gran papel en Brasil. --- Usted lo que quiere es llevarse una paliza en el juego; ande, vaya a buscar el back gamón. Y el muchacho, si ha de ser cura, realmente es mejor que no comience a decir misa detrás de las puertas. Pero, mírame, hermana Gloria,¿ de verdad hay necesidad de hacerlo cura? --- Es una promesa y hay que cumplirla. --- Sé que hiciste la promesa..., pero, una promesa así..., no lo sé... Creo que, pensándolo bien...¿ A ti qué te parece, prima Justina? --- ¿ A mí? --- Ciertamente cada cual sabe mejor que nadie lo que le conviene, continuó mi tío Cosme, y Dios sabe de todos. Sin embargo, una promesa de tantos años...¿ Pero qué te pasa Gloria?¿ Estás llorando?¡ Vaya por Dios!¿ Eso es para llorar? Mi madre se sonó sin responder. La prima Justina creo que se levantó y fue a hablar con ella. Luego se produjo un gran silencio, durante el cual estuve a punto de entrar en la sala, pero otra fuerza mayor, otra emoción... No pude oír las palabras que mi tío Cosme comenzó a decir. La prima Justina le daba ánimos: «¡ Prima Gloria!¡ Prima Gloria!» José Días se disculpaba: «Si lo hubiera sabido, no habría hablado, pero he hablado por la veneración, por la estima, por el afecto, para cumplir un deber amargo, un deber amarguísimo...» A José Días le encantaban los superlativos. Era una manera de darle una apariencia monumental a las ideas; no habiéndolas, servía para prolongar las frases. Se levantó para ir a buscar el back gamón que estaba dentro de la casa. Me pegué a la pared y lo vi pasar con sus pantalones blancos planchados, presillas, chaqueta y corbata de clip. Fue de los últimos que usaron presillas en Río de Janeiro y quizá en este mundo. Usaba pantalones un poco cortos para que le quedasen bien lisos. La corbata de satén negro, con un arco de acero por dentro, le inmovilizaba el cuello; estaba entonces de moda. La chaqueta de algodón, prenda casera y leve, parecía en él una chaqueta de vestir. Era delgado, chupado, con una calva incipiente; tendría sus cincuenta y cinco años. Se levantó con el paso pesado de costumbre, no el vagar arrastrado de los perezosos, sino un vagar calculado y deducido, un silogismo completo, la premisa antes de la consecuencia, la consecuencia antes de la conclusión.¡ Un deber amarguísimo! No siempre tenía aquel paso pesado y rígido. También se descompasaba cuando entraba en acción; en sus movimientos era muchas veces rápido y ágil, tan natural de una como de otra manera. Además, si era preciso, se reía ampliamente con una gran risa involuntaria, pero comunicativa, de modo que las mejillas, los dientes, los ojos, toda su cara, toda su persona, todo el mundo parecía reírse con él. En los momentos graves, gravísimo. Era nuestro allegado desde hacía muchos años, desde cuando mi padre todavía estaba en la antigua hacienda de Itaguaí y yo acababa de nacer. Un día apareció allí haciéndose pasar por médico homeópata, llevaba un Manual y una botica. Había entonces una epidemia de fiebres, José Días curó al capataz y a una esclava y no quiso recibir ninguna remuneración. Entonces mi padre le propuso quedarse a vivir allí con un pequeño salario. José Días no lo aceptó, diciendo que era justo llevar la salud a las casas humildes. --- ¿ Quién le impide ir a otros lugares? Vaya adonde quiera, pero quédese a vivir con nosotros. --- Volveré de aquí a tres meses. Volvió al cabo de dos semanas, aceptó casa y comida sin otro estipendio que el que le quisiesen dar por benevolencia. Cuando mi padre fue elegido diputado y vino a Río de Janeiro con la familia, él vino también y tuvo su aposento en el fondo de la chácara. Un día, cuando se habían propagado de nuevo las fiebres en Itaguaí, mi padre le dijo que fuese a visitar a nuestros esclavos. José Días permaneció callado, suspiró y acabó confesando que no era médico. Había adoptado este título para ayudar a difundir la nueva escuela y no lo hizo sin estudiar muchísimo, pero su conciencia no le permitía aceptar más enfermos. --- Pero usted los ha curado en otras ocasiones. --- Creo que sí, pero lo más acertado sería decir que fueron los remedios recomendados en los libros. Los remedios, ellos sí. Abajo de Dios, ellos. Yo era un charlatán... No lo niegue usted; los motivos de mi proceder podían ser y eran dignos; la homeopatía es la verdad y, para servir a la verdad, mentí; pero ha llegado el momento de aclarar las cosas. No fue despedido como lo pidió entonces, mi padre ya no podía prescindir de él. Tenía el don de ser bien aceptado y hacerse indispensable, su ausencia se notaba como la de una persona de la familia. Cuando mi padre murió, el dolor que sintió fue enorme, según me dijeron, aunque no me acuerdo. Mi madre le quedó muy agradecida y no consintió que dejase su habitación de la chácara; al séptimo día, después de la misa, fue a despedirse de ella. --- Quédese con nosotros, José Días. --- Como mande, señora. Recibió un pequeño legado en el testamento, unas pólizas y cuatro palabras de reconocimiento. Copió las palabras, las enmarcó y las colgó en su habitación, encima de la cama. «Estos son mis mejores pólizas», decía muchas veces. Con el tiempo, adquirió cierta autoridad en la familia, o al menos cierta audiencia; no abusaba y sabía opinar obedeciendo. Al fin y al cabo era un amigo, no diré que óptimo, pero no todo es óptimo en este mundo. Y no le supongas un alma sumisa; sus amabilidades, si las tenía, procedían antes del cálculo que de su índole. La ropa le duraba mucho; al contrario de las personas que se manchan enseguida la ropa nueva, él llevaba su traje viejo cepillado y sin arrugas, zurcido, abotonado, con una elegancia pobre y modesta. Aunque de manera arbitraria, era lo bastante leído como para entretener en los saraos y en los postres o explicar algún fenómeno, hablar de los efectos del calor y del frío, de los polos y de Robespierre. Contaba muchas veces un viaje que había hecho a Europa, y confesaba que si no fuera por nosotros ya habría vuelto allí; tenía amigos en Lisboa, pero decía que nuestra familia, abajo de Dios, lo era todo para él. --- ¿ Abajo o arriba?, le preguntó un día mi tío Cosme. --- Abajo, repitió José Días lleno de veneración. Y a mi madre, que era religiosa, le gustó ver que ponía a Dios en su debido lugar y sonrió asintiendo. José Días se lo agradeció inclinando la cabeza. Me madre le daba de vez en cuando algunas monedas. Mi tío Cosme, que era abogado, le confiaba la copia de papeles de autos.