# Last edited on 2025-10-11 11:44:04 by stolfi # Dom Casmurro, Chapters 6, 16, ... 76, Spanish, modern spelling. # \chapt{VI}{Mi tío Cosme} Mi tío Cosme vivía con mi madre desde que ella enviudó. Entonces ya era viudo como la prima Justina, era la casa de los tres viudos. La fortuna cambia muchas veces las manos de naipes que reparte la naturaleza. Formado para las serenas funciones del capitalismo, mi tío Cosme no se enriquecía en el foro, iba subsistiendo. Tenía su bufete en la antigua calle de las Violas, cerca de los juzgados, que estaban en el extinto Aljube. Se dedicaba a lo penal. José Días no se perdía las defensas orales de mi tío Cosme. Era quien le ponía y le quitaba la toga, con muchos elogios al final. En casa relataba los debates. Mi tío Cosme, por más modesto que quisiese ser, sonreía convencido. Era gordo y pesado, tenía la respiración corta y los ojos dormilones. Uno de mis recuerdos más antiguos era verlo montar todas las mañanas la caballería que mi madre le había regalado y que lo llevaba al despacho. El negro que la había ido a buscar a la caballeriza, sostenía el freno, mientras él alzaba el pie y lo posaba en el estribo; luego venía un minuto de descanso o de reflexión. Después se daba un impulso, el primero; su cuerpo amenazaba con subir, pero no subía; en el segundo impulso, idéntico resultado. Finalmente, después de algunos instantes demorados, mi tío Cosme reunía todas sus fuerzas físicas y morales, se daba un último impulso desde el suelo y esa vez caía encima de la silla. Difícilmente la caballería podía disimular con un movimiento que acababa de caerle el mundo encima. Mi tío Cosme acomodaba sus carnes y el animal partía al trote. Tampoco se me ha olvidado lo que me hizo una tarde. Aunque nacido en la plantación (desde donde vine con dos años de edad), y a pesar de las costumbres de la época, yo no sabía montar y les tenía miedo a los caballos. Mi tío Cosme me agarró y me despatarró encima del animal. Cuando me vi en lo alto (tenía nueve años), solo y desamparado, el suelo allí abajo, empecé a gritar desesperadamente: «¡Mamá! ¡Mamá!» Ella acudió, pálida y trémula, pensó que me estaban matando, me apeó y me acarició, mientras su hermano le preguntaba: --- Gloria, ¿cómo este grandullón tiene miedo de un animal manso? --- No está acostumbrado. --- Pues debería acostumbrarse. Y aunque llegue a ser cura, si fuese vicario en la plantación, sería necesario que montase a caballo; y, aquí mismo, incluso no siendo cura, si quiere estar a la moda, como los demás muchachos, y no sabe montar, se disgustará contigo, Gloria. --- Pues que se disguste; me da miedo. --- ¡Miedo! ¡Qué miedo! La verdad es que sólo aprendí equitación más tarde, menos por gusto que por la vergüenza de decir que no sabía montar. «Ahora comenzará a cortejar de verdad», dijeron cuando comencé las clases. No se podría decir lo mismo de mi tío Cosme. En él era vieja costumbre y necesidad. Ya no estaba para enamoramientos. Cuentan que, de joven, además de ser atractivo para muchas damas, fue un político exaltado; pero los años le robaron la mayor parte de su ardor político y sexual y la obesidad acabó con el resto de sus ideas públicas y específicas. Ahora sólo cumplía con las obligaciones del oficio y sin amor. En las horas de descanso pasaba el tiempo mirando o jugando a las cartas. De vez en cuando contaba chistes. # \chapt{XVI}{El administrador interino} Padua trabajaba en una oficina dependiente del Ministerio de la Guerra. No ganaba mucho, pero su mujer gastaba poco y la vida era barata. Además, la casa en la que habitaba, abuhardillada como la nuestra, aun que menor, era de su propiedad. La compró con el premio gordo que le tocó en un medio billete de lotería, diez millones de reales. La primera idea de Padua cuando ganó el premio fue comprarse un caballo del Cabo, una joya con brillantes para su mujer, una mausoleo familiar a perpetuidad, además de mandar traer algunos pájaros de Europa, etc.; pero su mujer, esta Da.~Fortunata que allí está en la puerta del fondo de la casa, de pie, hablando con su hija; alta, fuerte, robusta, como su hija, la misma cabeza, los mismos ojos claros, fue quien le dijo que era mejor comprar la casa y guardar lo que sobrase para enfrentar los grandes contratiempos. Padua dudó mucho; finalmente tuvo que ceder a los consejos de mi madre, a quien Da.~Fortunata pidió ayuda. Mi madre les ayudó no sólo en esa ocasión, un día llegó a salvarle la vida a Padua. Escuchad, la historia es corta. El administrador de la oficina en la que Padua trabajaba tuvo que irse al Norte, en comisión de servicios. Padua, o por disposición del reglamento, o por especial designación, se quedó sustituyendo al administrador con sus respectivos honorarios. Esta mudanza de fortuna le produjo cierto desvarío, fue antes de ganar en la lotería. No se contentó con reformar la ropa y la copa, se lanzó a hacer gastos superfluos, le regaló joyas a su mujer, los días de fiesta mataba un lechón, se le veía en los teatros, llegó incluso a usar zapatos de charol. Vivió así veintidós meses en la creencia de una eterna interinidad. Una tarde, entró en nuestra casa, ansioso y trastornado, iba a perder el puesto porque aquella mañana había llegado el titular. Le pidió a mi madre que velase por las infelices que iba a dejar; no podía soportar la desgracia, iba a suicidarse. Mi madre le habló con bondad, pero él no atendía a razones. --- ¡No, señora mía, no consentiré tal vergüenza! Rebajar a mi familia, volver atrás… Lo dicho, ¡me mato! No quiero confesarle a los míos esta miseria. ¿Y los demás? ¿Qué dirán los vecinos? ¿Y los amigos? ¿Y el público? --- ¿Qué público, Sr.~Padua? Olvídese de eso, sea un hombre. Recuerde que su mujer no tiene a nadie más… ¿Y qué tiene que hacer? Pues ser un hombre… ¡Sea un hombre, venga! Padua enjugó sus ojos y se fue a su casa, donde estuvo postrado algunos días, mudo, encerrado en el dormitorio o en el huerto, junto al pozo, como si la idea de la muerte se cebase en él. Da.~Fortunata, lo reprendía: --- ¿Juanito, eres un niño? Pero, tanto lo oyó hablar de la muerte que tuvo miedo y un día corrió a pedirle a mi madre que le hiciese el favor de intentar salvar a su marido que se quería matar. Mi madre lo encontró junto al pozo y lo intimó a que viviese. ¿Qué locura era aquella de que iba a ser un desgraciado por causa de una gratificación menos, por perder un empleo interino? No señor, debía ser un hombre, un padre de familia, imitar a su mujer y a su hija… Padua obedeció, confesó que hallaría fuerzas para cumplir la voluntad de mi madre. --- Por voluntad mía, no; es por imposición suya. --- Pues que sea por imposición, acepto que sea así. Los días siguientes continuó entrando y saliendo de casa, pegado a la pared, mirando al suelo. No era el mismo hombre que se rompía el sombrero saludando al vecindario, risueño, con la mirada alta como antes de la administración interina. Pasaron las semanas, la herida fue sanando. Padua comenzó a interesarse por los asuntos domésticos, a cuidar de los pajarillos, a dormir tranquilo por las noches y por las tardes, a conversar y a dar noticias de la calle. La serenidad regresó; la alegría vino detrás, un domingo, con dos amigos que venían a jugar a la petanca. De nuevo se reía, bromeaba, tenía el aspecto acostumbrado; la herida había sanado completamente. Con el tiempo se produjo un fenómeno curioso. Padua comenzó a hablar de la administración interina, no sólo sin la nostalgia de los honorarios ni la humillación de la pérdida, sino incluso con vanidad y orgullo. La administración pasó a ser la hégira, desde donde contaba hacia delante y hacia atrás. --- En la época en que yo era administrador... O bien: --- ¡Ah, sí!, caigo en la cuenta, fue antes de mi administración; uno o dos meses antes... Espere, mi administración comenzó... Eso es, mes y medio antes; fue mes y medio antes, no más. O incluso: --- Justamente, hacía ya seis meses que administraba yo... Así es el sabor póstumo de las glorias interinas. José Días gritaba que era la vanidad sobreviviente; pero el padre Cabral, que todo lo relacionaba con las Escrituras, decía que con el vecino Padua se cumplía la lección de Elifaz a Job: «No desprecies la corrección del Todopoderoso; Él hiere y sus manos curan» # \chapt{XXVI}{Las leyes son bellas} Por la cara de José Días pasó algo parecido al reflejo de una idea, una idea que lo alegró extraordinariamente. Se calló unos instantes; yo tenía los ojos puestos en él, el había vuelto los suyos hacia la entrada de la bahía. Pero insistió: --- Es tarde, dijo; pero, para probarte que no es por falta de voluntad, hablaré con tu madre. No te prometo ganar, pero sí luchar; trabajaré con ahínco. ¿De verdad, no quieres ser cura? Las leyes son bellas, querido... Puedes ir a S.~Paulo, a Pernambuco o incluso más lejos. Hay buenas universidades por ahí. Dedícate a las leyes, si ésa es tu vocación. Hablaré con Da.~Gloria, pero no cuentes sólo conmigo; habla también con tu tío. --- De acuerdo, hablaré con él. --- Y encomiéndate también a Dios, a Dios y a la Virgen Santísima, concluyó señalando hacia el cielo. El cielo estaba bastante oscuro. En el aire, cerca de la playa, grandes pájaros negros volaban en círculos, batiendo las alas o cerniéndose y se lanzaban hasta rozar con sus patas en el agua y volvían a ascender para bajar de nuevo. Pero ni las sombras del cielo ni las danzas fantásticas de los pájaros apartaban mi espíritu de mi interlocutor. Después de responderle que sí, corregí: --- Dios hará lo que usted quiera. --- No blasfemes. Dios es dueño de todo; él es, sólo por sí, la tierra y el cielo, el pasado, el presente y el futuro. Pídele tu felicidad, que yo no hago otra cosa... Ya que no puedes ser cura y prefieres las leyes... Las leyes son bellas, sin desmerecer la teología, que es lo mejor, como la vida eclesiástica es la más santa. ¿Por qué no puedes ir a estudiar leyes fuera de aquí? Lo mejor es que vayas enseguida a una universidad y al mismo tiempo que estudias, viajas. Podemos ir juntos; veremos tierras extranjeras, oiremos inglés, francés, italiano, español, ruso e incluso sueco. Da.~Gloria probablemente no podrá acompañarte; y aunque pueda y vaya, no querrá encargarse de los asuntos, papeles, matrículas y cuidar del hospedaje y andar contigo de un lado para otro... ¡Oh!, ¡las leyes son bellísimas! --- Lo dicho, ¿pedirá a mamá que no me meta en el seminario? --- Se lo pediré, pero pedir no es conseguir. Ángel de mi corazón, si voluntad de servir es poder de mandar, estamos aquí, estamos a bordo. ¡Ah!, no imaginas lo que es Europa; ¡oh!, Europa... Levantó la pierna e hizo una pirueta. Una de sus ambiciones era volver a Europa, hablaba muchas veces de eso, sin lograr tentar a mi madre ni a mi tío Cosme, por más que elogiase sus aires y bellezas... Hasta ahora no había contado con esta posibilidad de ir conmigo y quedarse allí durante la eternidad de mis estudios. --- ¡Estamos a bordo, Bentiño, estamos a bordo! # \chapt{XXXVI}{Idea sin piernas e idea sin brazos} Los dejé con el pretexto de ir a jugar y me fui otra vez a pensar en la aventura de por la mañana. Era lo mejor que podía hacer, sin latín e incluso con latín. Al cabo de cinco minutos me vino a la cabeza ir corriendo a la casa vecina, agarrar a Capitú, deshacer sus trenzas, volver a hacerlas y terminarlas de aquella manera peculiar, labios sobre labios. De eso se trata, venga, de eso se trata... ¡Solamente idea! ¡Idea sin piernas! Las otras piernas no querían correr ni andar. Sólo mucho después comenzaron a andar lentamente y me llevaron a casa de Capitú. Cuando llegué, la encontré en la sala, en la misma sala, sentada en el canapé, con el cojín de la costura sobre la falda, cosiendo en paz. No me miró de frente, sino a hurtadillas y con recelo, o, si prefieres la fraseología del allegado, con una mirada oblicua y disimulada. Sus manos se detuvieron después de clavar la aguja en la tela. Yo, en el lado opuesto de la mesa, no sabía qué hacer y de nuevo me abandonaron las palabras que traía. Así pasamos unos largos minutos hasta que ella dejó por completo la costura, se levantó y me esperó. Me acerqué y le pregunté si su madre le había dicho algo, me respondió que no. La boca con que me respondió era tal que creo que me provocó un intento de aproximación. Lo cierto es que Capitú retrocedió un poco. Era el momento de agarrarla, aproximarla, besarla... ¡Sólo ideas! ¡Ideas sin brazos! Los míos se quedaron caídos y muertos. No conocía nada de las Escrituras. Si las hubiera conocido, probablemente el espíritu de Satanás me hubiera hecho darle al lenguaje místico del \emph{Cantar} un sentido directo y natural. Entonces hubiera obedecido al primer versículo: «¡Que me bese con los besos de su boca!» Y en lo que respecta a los brazos, que tenía inertes, hubiera bastado cumplir el versículo 6o.~del cap.~II: «su mano izquierda esté debajo de mi cabeza y su mano derecha me abrace.» Ved ahí la cronología de los actos. Se trataba sólo de llevarla a cabo; pero aunque hubiera conocido el texto, el comportamiento de Capitú era ahora tan retraído, que no sé si habría permanecido inmóvil. Fue ella, sin embargo, quien me sacó de aquella situación. # \chapt{XLVI}{Las paces} Las paces, como la guerra, se hicieron deprisa. Si yo buscase con este libro la gloria diría que las negociaciones partieron de mí; pero no, las inició ella. Instantes después, como yo estuviera cabizbajo, ella bajó también la cabeza, aunque volviendo sus ojos hacia arriba a fin de ver los míos. Me hice de rogar, después quise levantarme para salir, pero ni me levanté ni creo que me hubiera ido. Capitú me miró fijamente con sus ojos tan tiernos y su posición los hacía tan suplicantes que me quedé allí; le pasé el brazo por la cintura, ella me tocó la punta de los dedos, y... Otra vez apareció en la puerta de la casa Da.~Fortunata; no sé para qué, no me dio tiempo de retirar el brazo; inmediatamente desapareció. Podía ser un simple descargo de conciencia, un ritual, como las oraciones por obligación, sin devoción, que se dicen de golpe; a no ser que fuese para verificar con sus propios ojos la realidad que el corazón le decía... Fuese lo que fuese, mi brazo continuó estrechando la cintura de su hija y así hicimos las paces. Lo bonito es que cada uno de nosotros quería ahora tener la culpa y nos pedíamos perdón recíprocamente. Capitú alegaba insomnio, dolor de cabeza, falta de ánimo y, finalmente, «su malhumor». Yo, que era muy llorón en aquel entonces, sentía los ojos húmedos... Era amor puro, era el efecto de los sufrimientos de mi amiguita, era la ternura de la reconciliación. # \chapt{LVI}{Un seminarista} Todo me lo iba repitiendo el diablo del opúsculo con sus letras viejas y citas latinas. Vi surgir de aquellas páginas muchos perfiles de seminaristas: los hermanos Albuquerques, por ejemplo, uno de los cuales es canónigo en Bahía, mientras que el otro cursó medicina y dicen que descubrió un específico contra la fiebre amarilla. Vi a Bastos, un flacucho, que está de vicario en Meia-Ponte, si no ha muerto ya; Luis Borges que, a pesar de cura, se hizo político y acabó senador del imperio... ¡Cuántas otras caras me miraban fijamente desde las frías páginas del \emph{Panegírico}! No, no eran frías; traían el calor de la juventud naciente, el calor del pasado, mi propio calor. Quería leerlas otra vez, lograba entender algún texto, tan fresco como el primer día, aunque más breve. Era un encanto ir a por él; a veces, inconscientemente, doblaba la hoja como si estuviese leyendo de verdad; creo que era cuando mis ojos llegaban a la última palabra al final de la página, y mi mano, acostumbrada a ayudarlos, hacía su oficio... He aquí otro seminarista. Se llamaba Ezequiel de Souza Escobar. Era un joven esbelto, ojos claros, un poco huidizos, como sus manos, como sus pies, como su habla, como todo él. Quien no estuviese acostumbrado a él quizá podría sentirse mal, sin saber por donde agarrarlo. No miraba de frente, no hablaba claro ni seguido; sus manos no estrechaban las de los demás, porque sus dedos, siendo delgados y cortos, cuando la gente creía tenerlos entre los suyos, ya no tenía nada. Lo mismo digo de sus pies, que tan pronto estaban aquí como allá. Esa dificultad para quedarse quieto fue el mayor obstáculo que tuvo para adaptarse a las costumbres del seminario. Su sonrisa era instantánea, pero también se reía relajada y largamente. Tenía algo menos fugaz que el resto: la reflexión; muchas veces lo encontrábamos, ensimismado, pensando. Siempre nos respondía que estaba meditando algún asunto espiritual, o bien que estaba recordando la lección del día anterior. Cuando entró en mi intimidad, me pedía frecuentemente explicaciones y repeticiones pormenorizadas y tenía memoria suficiente para guardarlas todas, incluso las palabras. Quizá esta facultad le perjudicase otras. Era tres años mayor que yo, hijo de un abogado de Curitiba, emparentado con un comerciante de Río de Janeiro que le servía de corresponsal a su padre. Éste era un hombre de fuertes sentimientos católicos. Escobar tenía una hermana, que era un ángel, según él. --- No sólo es un ángel por su belleza, también por su bondad. No te imaginas lo buena persona que es. Me escribe muchas veces y te mostraré sus cartas. De hecho, eran sencillas y afectuosas, llenas de cariño y consejos. Escobar me contaba interesantes historias de ella, las cuales venían a condecir con la bondad y con el espíritu de aquella criatura; eran tales que me hubieran hecho capaz de casarme con ella de no ser por Capitú. Murió poco después. Yo, seducido por las palabras de él, a punto estuve de contarle enseguida mi historia. Al principio fui tímido, pero se fue ganando mi confianza. Aquellos modos huidizos cesaban cuando él quería y el ambiente y el tiempo los hicieron más reposados. Escobar acabó abriéndome toda su alma, desde la puerta de la calle hasta el fondo del huerto. El alma de las personas, como sabes, es una casa así dispuesta, frecuentemente con ventanas a todas las direcciones, mucha luz y aire puro. También las hay cerradas y oscuras, sin ventanas, o con pocas y enrejadas, semejantes a conventos y a prisiones. Otrosí, capillas y bazares, simples porches o palacios suntuosos. No sé cómo era la mía. Yo no era todavía cazurro ni Don Casmurro; el recelo me impedía la franqueza, pero como las puertas no tenían llaves ni cerraduras, bastaba con empujarlas y Escobar las empujó y entró. Lo hallé aquí dentro y aquí se quedó, hasta que... # \chapt{LXVII}{Un pecado} No sacaré por ahora de la cama a la enferma sin contar lo que pasó conmigo. Al cabo de cinco días, mi madre amaneció tan trastornada que ordenó que fuesen a buscarme al seminario. En vano mi tío Cosme: --- Hermana Gloria, te asustas sin motivo, la fiebre pasa... --- ¡No! ¡No! ¡Que vayan a por él! Puedo morir y mi alma no se salvará si Bentiño no está conmigo. --- Le vamos a dar un mal rato. --- Pues no le digáis nada, pero id a buscarlo, ya, ya, no os demoréis. Pensaron que era delirio; pero, como no costaba nada que me fueran a buscar, encargaron a José Días del asunto. Entró tan aturdido que me asustó. Le contó privadamente al rector lo que pasaba y me dieron permiso para irme a casa. Por la calle íbamos callados, sin que él alterase su paso de costumbre -la premisa antes de la consecuencia, la consecuencia antes de la conclusión- pero cabizbajo y suspirando, yo temía leer en su rostro alguna noticia cruel y definitiva. Sólo me había hablado de la enfermedad como de un asunto irrelevante; pero la llamada, el silencio, los suspiros podían sugerir algo más. El corazón me latía con fuerza, me flojeaban las piernas, más de una vez creí que me iba a caer... El ansia de oír la verdad se me complicaba con el temor de saberla. Era la primera vez que la muerte se me presentaba tan de cerca, me envolvía, se me encaraba con sus ojos huecos y oscuros. Cuanto más andaba por la calle de los Barbonos, más me aterraba la idea de llegar a casa, de entrar, de oír los llantos, de ver un cuerpo difunto... ¡Oh! Nunca podría explicar aquí todo lo que sentí en aquellos minutos terribles. La calle, por más que José Días anduviese superlativamente despacio, desaparecía bajo mis pies, las casas volaban de un lado a otro y una corneta, que en ese momento sonaba en el cuartel de los Municipios Permanentes, resonaba en mis oídos como la trompeta del juicio final. Seguí, llegué a los Arcos, entré en la calle de Matacavalos. La casa no se encontraba al comienzo, sino bastante más allá de la de los Inválidos, cerca del Senado. Tres o cuatro veces quise interrogar a mi compañero, sin atreverme a abrir la boca; pero ahora ya no tenía ese deseo. Iba solamente andando, aceptando lo peor, como un acto del destino, como una necesidad de la obra humana y entonces la Esperanza, para combatir al Terror, me murmuró en el corazón, no estas palabras, pues no articuló nada parecido a palabras, sino una idea que podría ser traducida por ellas. «Muerta mamá, se acabó el seminario.» Lector, fue como un relámpago. Tan pronto iluminó la noche como se disipó y la oscuridad se hizo más cerrada por el efecto que me dejó el remordimiento. Fue una sugestión de lujuria y egoísmo. La piedad filial se desvaneció por un instante ante la perspectiva de una libertad segura, por la desaparición de la deuda y del deudor; fue un instante, menos que un instante, el centésimo de un instante, pero suficiente para complicar mi angustia con el remordimiento. José Días suspiraba. En una ocasión me miró con tanta pena que me pareció que me había adivinado y yo quise pedirle que no dijese nada a nadie, que yo iba a hacer penitencia, etc.~. Pero la pena conllevaba tanto amor que no podía ser la pena de mi pecado; tendría que ser por causa de la muerte de mi madre... Sentí una gran angustia, un nudo en la garganta y no pude más, me eché a llorar. --- ¿Qué te pasa Bentiño? --- ¿Mi madre...? --- ¡No! ¡No! ¿Qué idea es esa? Su estado es gravísimo, pero no está en riesgo de muerte y Dios lo puede todo. Sécate los ojos, que está feo que un hombrecito de tu edad vaya llorando por la calle. No es para tanto, unas fiebres... Las fiebres, lo mismo que vienen con fuerza así también desaparecen... Con los dedos no, ¿dónde tienes el pañuelo? Me sequé los ojos, aunque de todas las palabras que José Días pronunció, sólo una se me quedó en el corazón: fue aquel gravísimo. Luego me di cuenta de que sólo había querido decir grave, pero el uso del superlativo agranda la boca y, por amor a la retórica, José Días hizo aumentar mi tristeza. Si encuentras en este libro algún otro ejemplo del mismo estilo, avísame, lector, para que lo enmiende en la segunda edición; no hay nada más feo que dar piernas larguísimas a ideas brevísimas. Me sequé los ojos, repito, y seguí andando, ansioso ahora por llegar a casa y pedirle perdón a mi madre por el mal pensamiento que había tenido. Finalmente llegamos, entramos, subí trémulo los seis peldaños de la escalera y, al cabo de un instante, inclinado sobre la cama, oía las palabras tiernas de mi madre que me apretaba con fuerza las manos, diciendo: ¡hijo mío! Se estaba abrasando, sus ojos ardían en los míos, toda ella parecía consumida por un volcán interno. Me arrodillé junto al lecho, pero como éste era alto me quedé alejado de sus caricias. --- No, hijo mío, ¡levántate!, ¡levántate! A Capitú, que estaba en la alcoba, le gustó ver mi entrada, mis actos, palabras y lágrimas, según me dijo luego; pero no sospechó naturalmente todas las causas de mi aflicción. Cuando entré en mi cuarto pensé en decírselo todo a mi madre en cuanto ella mejorase, pero esta idea no me incitaba, era una veleidad pura, un acto que yo nunca haría por mucho que el pecado me doliese. Entonces, movido por los remordimientos, me serví una vez más de mi viejo recurso de las promesas espirituales y le pedí a Dios que me perdonase y salvase la vida de mi madre y yo le rezaría dos mil padrenuestros. Sacerdote lector, perdona este recurso; fue la última vez que lo empleé. La crisis en la que me encontraba, junto a la costumbre y la fe, lo explican todo. Eran dos mil más. ¿Y qué pasaba con los antiguos? No pagué ni unos ni otros, pero, procediendo de almas cándidas y verdaderas, tales promesas son como la moneda fiduciaria: aunque el deudor no las pague, valen por la suma que dicen valer. # \chapt{LXXVI}{Explicación} Pasado algún tiempo estaba sosegado, aunque decaído. Como estaba tumbado en la cama, con la mirada en el techo, me vino a la memoria la recomendación de mi madre de no acostarme después de comer para evitar una congestión. Me levanté de golpe pero no salí del cuarto. Capitú se reía ahora menos y hablaba más bajo; estaría afligida con mi reclusión, pero ni aun así me conmovió. No comí y dormí mal. A la mañana siguiente no estaba mejor, estaba diferente. Mi dolor se complicaba ahora con el temor de haber ido más allá de lo procedente, sin haber analizado el asunto. Aunque la cabeza me dolía un poco, simulé una molestia mayor con el fin de no ir al seminario y hablar con Capitú. Podría estar irritada conmigo, podría no quererme ahora y preferir al caballero. Quise resolverlo todo, oírla y juzgarla; pudiera ser que tuviese defensa y justificación. Tenía ambas cosas. Cuando supo la causa de mi reclusión del día anterior, me dijo que era una gran ofensa lo que le estaba haciendo; no podía creer que después de nuestro intercambio de juramentos la considerase tan liviana que pudiese creer... Y aquí rompió en llanto e hizo un ademán de alejarse, pero yo acudí inmediatamente, le tomé las manos y se las besé con tanta pasión y calor que sentí que temblaban. Se secó los ojos con los dedos, se los besé de nuevo, por ellos y por las lágrimas; después suspiró, después lo negó con la cabeza. Me confesó que no conocía al muchacho más que a otros que pasaban por allí por las tardes a pie o a caballo. Si lo había mirado, era precisamente una prueba de que no había nada entre ellos; si hubiese algo, lo natural hubiera sido disimular. --- ¿Y qué podría haber, si él va a casarse?, concluyó. --- ¿Se va a casar? Se iba a casar y me dijo con quién, con una joven de la calle de los Barbonos. Esta razón fue lo que más me convenció y ella lo notó en mi actitud; no por ello dejó de decir que, para evitar nuevas equivocaciones, dejaría de asomarse a la ventana. --- ¡No!, ¡no!, ¡no!, ¡no te pido eso! Consintió en retirar la promesa, pero hizo otra y fue que, a la primera sospecha por mi parte, todo habría acabado entre nosotros. Acepté la amenaza y juré que nunca tendría que cumplirla: había sido la primera sospecha y la última.