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# Dom Casmurro chapters III-V, Spanish, modern (2008) spelling.
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# @chars punct  {¿?¡!.,:;()«»-}
# @chars punct  {_÷=}

Iba a entrar en la sala de visitas cuando oí pronunciar mi nombre y me
escondí detrás de la puerta. La casa era la de la calle de Matacavalos;
el mes, el de noviembre; el año es un tanto remoto, pero no cambiaré
las fechas de mi vida sólo para agradar a las personas a quienes no les
gustan las historias viejas; era el año de 1857.

--- D.ª Gloria,¿ persiste usted en la idea de meter a nuestro Bentiño
en el seminario? Ya ha pasado el momento e incluso podría surgir un
problema.

--- ¿ Qué problema?

--- Un gran problema.

Mi madre quiso saber de qué se trataba. José Dias, después de algunos
instantes de concentración, vino a ver si había alguien en el pasillo;
no me vio, volvió y, bajando la voz, dijo que el problema estaba en la
casa de al lado, en la familia de los Padua.

--- ¿ En la familia de los Padua?

--- Hace tiempo que se lo estoy queriendo decir, pero no me atrevía. No
me parece bonito que nuestro Bentiño ande escondiéndose por los
rincones con la hija del Tortuga, y ahí está el problema, porque si les
da por enamorarse tendrá usted que luchar mucho para separarlos.

--- No lo creo.¿ Escondiéndose por los rincones?

--- Es una manera de hablar. Con cuchicheos, siempre juntos. Bentiño
casi no sale de allí. La muchacha es una descerebrada, su padre hace
como si no viera nada, pero ya le gustaría que las cosas fuesen a parar...
Comprendo su actitud, usted no cree en esos cálculos, le parece que
todo el mundo tiene un alma cándida...

--- Pero, Sr. José Días, he visto a los muchachos jugando y nunca he
visto nada que me haga desconfiar. Y menos a esa edad, Bentiño sólo
tiene quince años. Capitú cumplió catorce la semana pasada, son dos
jovenzuelos. No se olvide de que se han criado juntos, desde la gran
inundación, hace diez años, cuando la familia Padua perdió tantas cosas;
hasta ahí se remontan nuestras relaciones.¿ Qué voy a pensar...? Cosme,
hermano,¿ tú que crees?

Mi tío Cosme respondió con un «¡ Yo qué sé!» que, traducido en romance,
quería decir: «Son imaginaciones de José Días; los muchachos se
divierten, yo me divierto;¿ dónde está el back gamón?»

--- Sí, creo que está usted equivocado.

--- Puede ser, señora.¡ Ojalá tengan razón!, pero crea que sólo he
hablado después de mucho cavilar...

--- De cualquier manera, ya va siendo hora, interrumpió mi madre; voy a
tratar de meterlo en el seminario cuanto antes.

--- Bueno, ya que no ha olvidado la idea de hacerlo cura se ha
mantenido lo principal. Bentiño tiene que cumplir los deseos de su
madre. Y además, la iglesia brasileña guarda altos destinos para él. No
olvidemos que un obispo presidió la Constituyente ni que el padre Feijó
gobernó el imperio...

--- ¡ Gobernó desastrosamente!, cortó mi tío Cosme, cediendo a antiguos
rencores políticos.

--- Perdón, doctor, no estoy defendiendo a nadie, estoy citando. Lo que
quiero decir es que el clero juega todavía un gran papel en Brasil.

--- Usted lo que quiere es llevarse una paliza en el juego; ande, vaya
a buscar el back gamón. Y el muchacho, si ha de ser cura, realmente es
mejor que no comience a decir misa detrás de las puertas. Pero, mírame,
hermana Gloria,¿ de verdad hay necesidad de hacerlo cura?

--- Es una promesa y hay que cumplirla.

--- Sé que hiciste la promesa..., pero, una promesa así..., no lo sé...
Creo que, pensándolo bien...¿ A ti qué te parece, prima Justina?

--- ¿ A mí?

--- Ciertamente cada cual sabe mejor que nadie lo que le conviene,
continuó mi tío Cosme, y Dios sabe de todos. Sin embargo, una promesa
de tantos años...¿ Pero qué te pasa Gloria?¿ Estás llorando?¡ Vaya por
Dios!¿ Eso es para llorar?

Mi madre se sonó sin responder. La prima Justina creo que se levantó y
fue a hablar con ella. Luego se produjo un gran silencio, durante el
cual estuve a punto de entrar en la sala, pero otra fuerza mayor, otra
emoción... No pude oír las palabras que mi tío Cosme comenzó a decir.
La prima Justina le daba ánimos: «¡ Prima Gloria!¡ Prima Gloria!» José
Días se disculpaba: «Si lo hubiera sabido, no habría hablado, pero he
hablado por la veneración, por la estima, por el afecto, para cumplir
un deber amargo, un deber amarguísimo...»

A José Días le encantaban los superlativos. Era una manera de darle una
apariencia monumental a las ideas; no habiéndolas, servía para
prolongar las frases. Se levantó para ir a buscar el back gamón que
estaba dentro de la casa. Me pegué a la pared y lo vi pasar con sus
pantalones blancos planchados, presillas, chaqueta y corbata de clip.
Fue de los últimos que usaron presillas en Río de Janeiro y quizá en
este mundo. Usaba pantalones un poco cortos para que le quedasen bien
lisos. La corbata de satén negro, con un arco de acero por dentro, le
inmovilizaba el cuello; estaba entonces de moda. La chaqueta de algodón,
prenda casera y leve, parecía en él una chaqueta de vestir. Era delgado,
chupado, con una calva incipiente; tendría sus cincuenta y cinco años.
Se levantó con el paso pesado de costumbre, no el vagar arrastrado de
los perezosos, sino un vagar calculado y deducido, un silogismo
completo, la premisa antes de la consecuencia, la consecuencia antes de
la conclusión.¡ Un deber amarguísimo!

No siempre tenía aquel paso pesado y rígido. También se descompasaba
cuando entraba en acción; en sus movimientos era muchas veces rápido y
ágil, tan natural de una como de otra manera. Además, si era preciso,
se reía ampliamente con una gran risa involuntaria, pero comunicativa,
de modo que las mejillas, los dientes, los ojos, toda su cara, toda su
persona, todo el mundo parecía reírse con él. En los momentos graves,
gravísimo.

Era nuestro allegado desde hacía muchos años, desde cuando mi padre
todavía estaba en la antigua hacienda de Itaguaí y yo acababa de nacer.
Un día apareció allí haciéndose pasar por médico homeópata, llevaba un
Manual y una botica. Había entonces una epidemia de fiebres, José Días
curó al capataz y a una esclava y no quiso recibir ninguna remuneración.
Entonces mi padre le propuso quedarse a vivir allí con un pequeño
salario. José Días no lo aceptó, diciendo que era justo llevar la salud
a las casas humildes.

--- ¿ Quién le impide ir a otros lugares? Vaya adonde quiera, pero
quédese a vivir con nosotros.

--- Volveré de aquí a tres meses.

Volvió al cabo de dos semanas, aceptó casa y comida sin otro estipendio
que el que le quisiesen dar por benevolencia. Cuando mi padre fue
elegido diputado y vino a Río de Janeiro con la familia, él vino
también y tuvo su aposento en el fondo de la chácara. Un día, cuando se
habían propagado de nuevo las fiebres en Itaguaí, mi padre le dijo que
fuese a visitar a nuestros esclavos. José Días permaneció callado,
suspiró y acabó confesando que no era médico. Había adoptado este
título para ayudar a difundir la nueva escuela y no lo hizo sin
estudiar muchísimo, pero su conciencia no le permitía aceptar más
enfermos.

--- Pero usted los ha curado en otras ocasiones.

--- Creo que sí, pero lo más acertado sería decir que fueron los
remedios recomendados en los libros. Los remedios, ellos sí. Abajo de
Dios, ellos. Yo era un charlatán... No lo niegue usted; los motivos de
mi proceder podían ser y eran dignos; la homeopatía es la verdad y,
para servir a la verdad, mentí; pero ha llegado el momento de aclarar
las cosas.

No fue despedido como lo pidió entonces, mi padre ya no podía
prescindir de él. Tenía el don de ser bien aceptado y hacerse
indispensable, su ausencia se notaba como la de una persona de la
familia. Cuando mi padre murió, el dolor que sintió fue enorme, según
me dijeron, aunque no me acuerdo. Mi madre le quedó muy agradecida y no
consintió que dejase su habitación de la chácara; al séptimo día,
después de la misa, fue a despedirse de ella.

--- Quédese con nosotros, José Días.

--- Como mande, señora.

Recibió un pequeño legado en el testamento, unas pólizas y cuatro
palabras de reconocimiento. Copió las palabras, las enmarcó y las colgó
en su habitación, encima de la cama. «Estos son mis mejores pólizas»,
decía muchas veces. Con el tiempo, adquirió cierta autoridad en la
familia, o al menos cierta audiencia; no abusaba y sabía opinar
obedeciendo. Al fin y al cabo era un amigo, no diré que óptimo, pero no
todo es óptimo en este mundo. Y no le supongas un alma sumisa; sus
amabilidades, si las tenía, procedían antes del cálculo que de su
índole. La ropa le duraba mucho; al contrario de las personas que se
manchan enseguida la ropa nueva, él llevaba su traje viejo cepillado y
sin arrugas, zurcido, abotonado, con una elegancia pobre y modesta.
Aunque de manera arbitraria, era lo bastante leído como para entretener
en los saraos y en los postres o explicar algún fenómeno, hablar de los
efectos del calor y del frío, de los polos y de Robespierre. Contaba
muchas veces un viaje que había hecho a Europa, y confesaba que si no
fuera por nosotros ya habría vuelto allí; tenía amigos en Lisboa, pero
decía que nuestra familia, abajo de Dios, lo era todo para él.

--- ¿ Abajo o arriba?, le preguntó un día mi tío Cosme.

--- Abajo, repitió José Días lleno de veneración.

Y a mi madre, que era religiosa, le gustó ver que ponía a Dios en su
debido lugar y sonrió asintiendo. José Días se lo agradeció inclinando
la cabeza. Me madre le daba de vez en cuando algunas monedas. Mi tío
Cosme, que era abogado, le confiaba la copia de papeles de autos.
